Editorial

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Fecha: 
05/08/2016 - 18:09

Se cumplen 200 años de la Declaración de la Independencia. La conmemoración nos encuentra en una situación difícil. Macri prometió “pobreza cero”, pero su política agrava la inflación, y arrojó, en tan solo cuatro meses, 1, 4 millones de personas en la pobreza. Al igual que el anterior gobierno, el nuevo descarga la crisis sobre el  pueblo trabajador, el ajuste.

Macri ha tomado medidas favorables a las minorías dominantes desde las primeras horas de su instalación en la Rosada. Los ministros y demás integrantes del gobierno macrista, en su mayoría, vienen de cumplir funciones de dirección en monopolios y bancos imperialistas.

En este Bicentenario adquiere más vigencia que nunca lo que proclamó el Congreso de Tucumán: ser libres de toda dominación extranjera.

El gobierno de Mauricio Macri celebra el “retorno al mundo”, y el anunciado retorno del crédito y la inversión de capitales extranjeros, como único camino posible para sacar al país del estancamiento, el hambre y la pobreza. En acuerdos y disputas con otros sectores, el macrismo trata de constituirse en el nuevo sector hegemónico de burguesía intermediaria y terratenientes dentro del  bloque dominante de la Argentina. Que ha recibido el espaldarazo del imperialismo yanqui y se recuesta sobre las potencias europeas -el llamado “Occidente”- sin por ello desconocer el carácter de “relación estratégica” que el gobierno de CFK había otorgado a potencias como China y Rusia  (esta última ratificada recientemente por la canciller Malcorra). CFK, en el último período de su gobierno, había virado explícitamente hacia esas potencias, azuzando el conflicto con los “fondo buitre” –sin dejar de resaltar su carácter de “pagadora serial” de la deuda externa-  y con los EE.UU,  expresada en hechos como la dudosa muerte del fiscal Nisman,  y definiciones: “si me pasa algo, miren al Norte”, etc. (1)

Vale decir,  el gobierno oligárquico de Macri viene forzando un realineamiento de la Argentina en el mundo,  y un realineamiento interno, dentro del bloque hegemónico de las clases dominantes, en base a una política de “ajuste recesivo”, generadora de desocupación, hambre y sometimiento nacionales, sobre la base de  los escombros económicos, sociales y políticos dejados por el gobierno de los Kirchner. El cual -  expresión  de otro sector de burguesía intermediaria, novedoso y ambicioso- logró afirmarse, después de 2005, practicando una política de “ajuste inflacionario” y entrega,    encubierta en una falsa condición de “nacional y popular”.

Como evidencian los hechos recientes de la política argentina, ambos han sido   funcionales el uno al otro. Tanto trabajó el kirchnerismo para erigir al “macrismo” como el enemigo a derrotar  - sin pensar que pudiera ser él el derrotado-, como utiliza hoy el “macrismo”  la imagen de Cristina como “fusible” para intentar refrenar la inevitable oleada de luchas que su propia política ha hambre, desocupación y entrega  nacionales ha comenzado a generar hoy.

El PCR ha sido opositor desde el principio al kirchnerismo, enfrentando la política y el falso discurso K.  Ahora enfrenta la política de hambre y entrega del gobierno de Macri.

Más  que” desarrollo”, esta política no puede generar sino atraso. Y, más que  “reinserción en el mundo”,  no puede sino profundizar la dependencia.

El gobierno acaba de emitir 16.500 millones de dólares – la colocación de deuda más grande de un país emergente-  a una tasa usuraria de 7, 2 % (entre  9.300 y 12.500 millones para el pago de buitres y bonistas) sin desmedro de haber reeditado – en el corto plazo-  la clásica “bicicleta financiera” de tasas internas  de interés  altas en pesos (38%)  que castigan la producción nacional, en tanto ofrecen –con el argumento de mantener “frenado” al dólar-  un seguro “pedaleo” para la codicia de usureros y especuladores internos e internacionales.

El FMI y el G-20 respaldaron la rápida resolución del conflicto. Estados Unidos, que luego del cambio de gobierno ofreció un respaldo más explícito al país, volvió a elogiar al gobierno de Macri.  "El regreso de la Argentina a los mercados internacionales de capitales y la reinserción en la economía mundial representan un hito importante no sólo para la Argentina, sino para todo el sistema financiero del mundo", dijo el secretario del Tesoro, Jack Lew, en un comunicado.

Así como nunca fue cierto que el gobierno de los Kirchner nos “desendeudara”, tampoco es cierta la “neutralidad” que el gobierno de Macri pretende otorgar a su “salida del default”. Lejos de ello, la nueva megaemisión de deuda del macrismo reabre la falsa receta del endeudamiento, que tanta miseria acarreara a nuestro pueblo  y aún pesa como una lápida sobre nuestra nación.

Desde el golpe de Estado fascista de 1976, la economía argentina se fue basando en la expansión de la producción de granos, el endeudamiento externo y la especulación financiera, la desindustrialización, el vaciamiento y la entrega de las empresas estatales a precio vil, la transferencia de recursos al exterior. Desde entonces la desocupación creció cerca del 400% y los salarios reales cayeron alrededor de un 80%, respecto de 1975.

El dramático agravamiento de la dependencia que sufrimos, especialmente desde la década de los 90, no es sólo cuantitativo. Es principalmente cualitativo. Menem admitía abiertamente que “estamos vinculados con organismos internacionales que nos trazan los lineamientos (el subrayado es de Menem) a efectos  de contar con su apoyo. No sólo el FMI, el Banco Mundial o el BID, sino otros países del planeta” (2). Estos llamados organismos financieros internacionales dictan las normas para adaptar y subordinar a nuestro país al “orden mundial”. A la “globalización”. Las reglas son acordadas y establecidas por las grandes potencias imperialistas  -los “globalizadores”- sin por ello dejar de disputar entre ellas por la hegemonía.

En esta dirección, los monopolios imperialistas instalados en nuestro país proclaman sin tapujos: “la economía argentina debe adaptarse a las reglas de juego de las naciones desarrolladas” (3). Pretenden domesticarnos, acostumbrarnos a “hacer bien los deberes”, que dictan las “naciones desarrolladas”. Quieren habituarnos a considerar “normal” la carencia de efectiva soberanía nacional. Los de arriba se empeñan en convencer a los argentinos de que, nos guste o no, así funciona hoy el mundo.

No se trata de irse del mundo, sino de no someternos a “las reglas de juego” impuestas por los bandidos imperialistas. Es cierto que el mundo es más interdependiente e interrelacionado que nunca. Pero precisamente por ello, en “el sistema en que vivimos” se ha ahondado la dependencia y la opresión que padecen los pueblos y naciones del Tercer Mundo. Como nunca, la polarización entre un puñado de potencias imperialistas y la inmensa mayoría compuesta por los países oprimidos muestra crudamente que la pobreza y el atraso de éstos es la condición de la riqueza y el desarrollo tecnológico de aquellos. La deuda original de los países del Tercer Mundo ya se pagó varias veces, pero sigue creciendo por la acumulación de los intereses usurarios.

Necesitamos hacer lo contrario de lo que pregonan las clases dominantes. Necesitamos terminar con el dominio de los imperialistas y sus socios locales de las palancas principales del Estado y de la economía nacional, y tenemos que repudiar la deuda externa fraudulenta, ilegítima y usuraria. Es decir, tenemos que acabar con la opresión imperialista para conquistar la capacidad de decidir sobre nuestro propio destino y sobre nuestros ricos recursos naturales. Esto significa recuperar lo que perdimos de soberanía, lograr la plena y real independencia. Lo que exige derribar el poder del bloque dominante, barrer el Estado oligárquico imperialista, romper las cadenas que nos atan al “mundo globalizado”, unirnos estrechamente en una misma acción liberadora con los pueblos y países hermanos y utilizar y aprovechar las agudas contradicciones interimperialistas.

El Congreso de Tucumán no habría declarado la independencia en 1816 ni San Martín hubiera organizado el Ejército que cruzó los Andes si se hubiesen sometido a las “reglas de juego” establecidas por la Santa Alianza (Rusia, Austria y Prusia), tras la derrota de Napoleón, en 1815.

El gobierno menemista aceptó la jurisdicción extranjera en los pleitos entre las empresas extranjeras y el Estado nacional. Y admitió que el laudo arbitral dictado por esos tribunales sea definitivo y obligatorio para las partes. Todo esto continúa rigiendo hasta hoy.

El gobierno de los Kirchner, al dictar el decreto que designa a los bancos encargados de asesorar y coordinar la reestructuración de la deuda (marzo de 2004) refirmó la jurisdicción de los tribunales estaduales y federales de Nueva York en caso de controversia con los acreedores.  Y el gobierno de Macri acaba de dar otra vuelta de tuerca a este criterio lesivo para la soberanía de nuestro país.

El gobierno menemista, produjo, como hemos señalado, un salto cualitativo en nuestra dependencia.

Como consecuencia de la apertura, las privatizaciones y la desregulación de  las palancas decisivas de la economía quedaron bajo el control imperialista directo. El dominio de los capitales privados y estatales imperialistas es prácticamente total en comunicaciones, petróleo, gas, electricidad, aguas, química, petroquímica, aluminio, siderurgia, informática, industria automotriz, aerolíneas, neumáticos. A la vez, predominan los imperialistas en el sistema financiero, comercio exterior, puertos, aeropuertos, alimentación, supermercados, materiales de la construcción, laboratorios. Y monopolios imperialistas se apropian crecientemente de ricas tierras y de nuestra riqueza agropecuaria.

Monopolios extranjeros y de burguesía intermediaria lograron, gracias a las privatizaciones, integrar las actividades de sus empresas y apoderarse del control vertical de ramas enteras. También el control imperialista de los grandes medios de difusión y de las principales editoriales opera como poderoso factor de poder político, de desinformación y de penetración cultural.

 

Los imperialismos como factor interno

Es necesario considerar los factores internos  como el verdadero sustento de la dependencia y su agravamiento. Porque es a través de ellos que actúan los factores externos.

Innumerables hechos y procesos acaecidos en las últimas décadas nos muestran que los imperialismos actúan en lo interno a través de sus grupos económico-financieros propios  a cara descubierta y mediante testaferros); a través del entrelazamiento y la subordinación de la burguesía intermediaria y los terratenientes, y a través de sus agentes en el aparato estatal.

El chantaje, por ejemplo, del capital financiero (el denominado “golpe de mercado”) actúa dentro del país a través de sus filiales, sus agentes, sus “comunicadores sociales” en los medios y de sus socios locales. Para ello emplean, entre otros instrumentos, a las agencias de calificación financiera sobre el “riesgo país”. Son socias de los banqueros y al mismo tiempo son jueces. Forjan el comportamiento de los “mercados” a partir de sus calificaciones. Los gobiernos proimperialistas de turno sólo tienen oídos para escuchar los “ruidos de los mercados” y se someten a sus dictados. Son sordos ante el clamor del pueblo que padece hambre y desocupación.

En definitiva, la dominación imperialista de un país como el nuestro, que formalmente goza de independencia política y tiene sus propias fuerzas armadas y su propio Estado nacional, sería imposible si las clases dominantes  nativas no se “asociaran” y subordinaran a los imperialistas, y si los imperialismos no pudiesen colocar a sus agentes, intermediarios y socios en el manejo de resortes claves del Estado (altos mandos, servicios, fuerzas, de seguridad, justicia, diplomacia, puestos decisivos del gobierno y del aparato burocrático nacional y provincial, palancas fundamentales de los bancos y empresas estatales -cuando los teníamos-, educación, cultura). La dominación de los imperialistas se potencia con su control -indirecto y directo- de los principales medios de difusión masiva.

Los gobernantes capituladores ante los imperialismos emplean un argumento actualizado para autojustificarse. Según ellos, debemos ser “racionales”. Pero la “racionalidad•, en abstracto, por encima de las clases y de los tiempos, no existe en la realidad.

Bajo el capitalismo monopolista  la producción está regida por una ley económica fundamental, la de obtener –del modo que sea- la máxima ganancia. Esto no depende de los individuos capitalistas, de que sean más o menos perversos, más o menos “humanos”. No depende de que en las metrópolis imperialistas el gobierno de turno sea neoliberal, neoconservador o socialdemócrata, sin por ello ignorar las diferencias políticas entre ellos, que expresan a diferentes sectores de la burguesía imperialista.

 

“Las relaciones de dominación y la violencia ligada a ellas: he ahí lo típico en la fase contemporánea de desarrollo del capitalismo, he ahí lo que inevitablemente tenía que derivarse y se ha derivado de la constitución de los todopoderosos monopolios económicos”. Lenin, OC, Buenos Aires, t. XXII, p.218, Ed. Cartago.

 

Lo que es “racional” para el capital financiero de las metrópolis, para la burguesía intermediaria local y para los grandes terratenientes, es irracional y salvaje para los que crean la riqueza con su trabajo y están sometidos a la explotación y la opresión. Es irracional para la gran mayoría: los trabajadores de la ciudad y el campo, los campesinos pobres y medios, la mayoría de los profesionales y técnicos, la pequeña y mediana empresa. Inclusive es contrario a los requerimientos del campesinado rico y del empresariado nacional. La “racionalidad” del FMI y de las demás instituciones que vehiculizan dicho orden, conducen a un resultado inexorable e inadmisible: la pérdida de la independencia económica y de la soberanía política de la Nación. Esa “racionalidad” ha hundido a muchos millones de argentinos en el hambre y la desesperación, siendo que nuestro es uno de los mayores productores mundiales de alimentos.

 

“El capitalismo se ha transformado en un sistema universal de sojuzgamiento colonial y de estrangulación financiera de la inmensa mayoría  de la población del planeta por un puñado de países “adelantados”. El reparto de este “botín” se efectúa entre dos o tres potencias rapaces, y armadas hasta los dientes, que dominan en el mundo (Norteamérica, Inglaterra, Japón) y arrastran a su guerra por el reparto de su botín, en todo el planeta”. Lenin , El imperialismo, fase superior del capitalismo, prólogo a la edición de 1920,  Obras Completas,  Cartago,  Buenos, Aires,  1960, t. XXII, p. 201)

 

¿Cómo puede ser “normal” así un país?, ¿cómo podemos ser una  una nación “en serio” sin romper con el sometimiento a la “racionalidad” de las grandes potencias?

Por ello, en este Bicentenario refirmamos nuestra determinación de no diferir la lucha por la segunda y definitiva independencia.

 

Notas:

1-      Ver P y T Nº 80 (113), Editorial, pág. 7

2-      Discurso en la cena por el 62 Aniversario de la Cámara de la Construcción (CAC), 16 de noviembre de 1998

3-      Declaraciones de Agostino Rocca a Clarín, 3/9/2000