Octubre de 1968 / Documentos del PCR Tomo 1

El Che y nosotros*

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Nuestro Partido Comunista (CNRR) tiene el enorme orgullo de haber unido su acción revolucionaria a la figura inmortal del Che Guevara desde su mismo nacimiento. La posición ante la obra a la vez admirable y polémica del Che fue una de las causas que impulsaron al Comité Central oportunista a marginar del PC y la FJC al CC de ésta y a miles de afiliados. Al cumplirse el 8 de octubre el primer aniversario de su asesinato, es de gran utilidad indicar cómo valoramos nosotros su papel en el proceso revolucionario latinoamericano.

Estaba y está en discusión con el oportunismo:  
1. La posición de los comunistas argentinos ante los comunistas y revolucionarios de otros países que -acertados o no en el medio de lucha que han escogido- enfrentan con las armas en la mano a la bestia imperialista y sus esbirros y juegan heroicamente sus vidas en aras de la causa patriótica y liberadora. Sobre esto hay dos posiciones. Una: prestar toda la solidaridad activa, militante peleadora y, en la medida de las posibilidades, el apoyo material. Esta es la posición de los auténticos comunistas, los del PC (CNRR). Es la posición que tuvimos frente al Che. Otra: niega en la práctica esa solidaridad y apoyo porque las condiciona a la necesidad de que las luchas adopten las formas que ellos consideran justas. Es una posición no internacionalista. Es una posición nacionalista, estrecha, claudicante, hipócrita. Es la posición que tuvo con el Che el CC oportunista del PC.

2. Para los revolucionarios, la vía armada es la forma fundamental de lucha en América Latina. Se puede y se debe discutir sobre la metodología con que se la encara. Es ésta una discusión entre revolucionarios que se enmarca en el acuerdo esencial sobre la inevitabilidad de la lucha armada revolucionaria. Esta es la posición del PC (CNRR), y en tales términos encaramos la discusión con los verdaderos comunistas y revolucionarios de América Latina. El Che creía en esa verdad esencial para la revolución latinoamericana, luchó por ella, y hoy es un símbolo de la grandeza, la necesidad y la justicia de la violencia revolucionaria.

Otros sectores, autotitulados “revolucionarios” discrepan sobre la forma fundamental de lucha en América Latina. Consideran que en el mundo actual y en concreto en América Latina lo general es la “vía pacífica al socialismo”, y la “excepción”, la vía armada. Pretenden encubrir esa posición con frases sibilinas como la de “por una u otra vía”, o con la vieja cantinela oportunista de “por la acción de masas”. Pero están por la llamada “vía pacífica”. O sea, no están por la revolución. Esta es la posición del CC oportunista y desde ella juzga al Che. Disfraza su posición impugnando la forma concreta de lucha armada que utilizó el Che. Pero en realidad impugna la idea misma de la vía armada a la que considera “aventurera”, incluso “provocadora”. De allí que no solo no ayudó a la lucha del Che -a diferencia de lo que hizo muchos años antes con Sandino- sino que la boicoteó. Algún día se podrá escribir la verdadera historia sobre la posición del PC oportunista respecto de la lucha del Che. Una historia que indigna y avergüenza a los verdaderos comunistas.
En nuestro Continente hay quienes consideran efectivamente que la lucha revolucionaria en América Latina es de carácter continental. Estiman que no habrá aquí una simple suma de revoluciones nacionales triunfantes, que la dialéctica de la historia reproduce, en la Segunda Revolución latinoamericana, en otro punto de su espiral, con otras formas y otro contenido, el carácter continental de la Primera Revolución. Así como lo esencial de Tupac Amarú no fue el “fracaso” parcial de su lucha sino el valor continental, el significado premonitorio, la repercusión revolucionaria de su alzamiento liberador que fue parte de ese proceso revolucionario único, que se construyó con triunfos y con fracasos. (“La historia -decía Marx- sería muy fácil si se  construyese solo con triunfos”). Y así como las derrotas momentáneas de Miranda o de Murillo no son tales desde una perspectiva histórica, sino parte inescindible de la marea liberadora que sacude el continente poco más tarde, tampoco lo esencial de la lucha del Che está en su derrota momentánea, ni en el valor concreto de la forma que esa lucha adoptó (cuyas bondades o defectos deben ser evaluadas desapasionadamente por todos los revolucionarios). Lo esencial de la misma es que fue parte de esa necesaria e inevitable lucha continental y encarada como tal. Lo comprendió mucho mejor el imperialismo que organizó sus fuerzas continentalmente para aplastar a la guerrilla boliviana que las fuerzas revolucionarias.

Sus enseñanzas
Para nosotros el Che simboliza:
La lucha a muerte contra el imperialismo y las clases explotadoras en América Latina, lucha irrenunciable, sin compromisos espurios. Y éste no es solo un rasgo del más elevado contenido humano y moral, sino que pone de relieve fundamentalmente una profunda comprensión teórica marxista-leninista, comunista, en suma del mundo actual, que explica que él -como Fidel y la Revolución Cubana- no haya caído en las trampas y tentaciones de falsos caminos como el del “espíritu de Camp-David” o los de ciertas “revoluciones en libertad” que han desviado y embretado a tantos “académicos” del marxismo que reeditan respecto del Che el caso de los teóricos de la socialdemocracia frente a Lenin: su infatuada “sapiencia marxista” oculta su profundo y penoso desconocimiento real del marxismo-leninismo.
• El desechamiento de los cantos de sirena de la burguesía latinoamericana, fundado en la cabal comprensión de su naturaleza conciliadora y contrarrevolucionaria.  
La perspectiva socialista de su lucha.
Su exacta apreciación de que la cuestión de la lucha armada -vía fundamental de la revolución latinoamericana-, es la piedra de toque que distingue a los revolucionarios de los reformistas.
La continentalidad de la revolución.
Su concepción estratégica, que apuntaba a crear un gran centro continental, levantando a la lucha a las masas indígenas y campesinas del “hinterland” latinoamericano.
Su admirable internacionalismo. Esencia de su vida. Profundo. Generoso. Sin el menor atisbo de nacionalismo egoísta.
Su concepción del hombre socialista: todo para elevar su conciencia e inculcarle el amor y la fidelidad a los ideales comunistas, ninguna concesión al individualismo burgués y los apetitos de ganancias.

Un debate entre revolucionarios
Sin perjuicio de marcar a fuego la responsabilidad criminal del oportunismo en la derrota de las guerrillas bolivianas, es lo cierto que muchos revolucionarios latinoamericanos se preguntan luego de aquella experiencia: ¿cómo crear en América Latina un movimiento revolucionario de la amplitud, la firmeza y la fuerza de Vietnam? Algunos sectores revolucionarios sostienen que ello puede lograrse a través de la inserción de un foco guerrillero en una zona campesina; aun proponiéndose rodear de calor de masas a la lucha armada, relegan a un segundo plano el papel del proletariado y la necesidad de una fuerza política revolucionaria nacional que genere, dirija y sostenga ese movimiento. Tal tesis se apoya fundamentalmente en un análisis de la experiencia cubana que estimamos incorrecto, en cuanto olvida o simplifica las condiciones específicas en que se insertó en Cuba el foco guerrillero: él fue parte, fundamental, decisivo, es cierto, pero parte de un amplísimo movimiento revolucionario de masas que le permitió tener el apoyo político y logístico suficiente para consolidarse y desarrollarse hasta el triunfo.

Nuestro aporte a este debate en pleno desarrollo en el movimiento revolucionario continental sobre las formas y condiciones de la lucha armada parte del rol del proletariado en la revolución. Parte de nuestra confianza en la capacidad revolucionaria del proletariado como fuerza dirigente no solo por sus rasgos universales y su ubicación en el proceso productivo que lo habilitan para esa misión histórica, sino también por su gran concentración y peso cuantitativo en lo que a nuestro país se refiere. En su capacidad para arrastrar al campesinado y a las capas medias a la revolución. Por eso nuestra estrategia de poder, que es una estrategia continental, parte de la insurrección armada y, en el caso de nuestro país, del rol decisivo de las masas urbanas. Creemos que las fuerzas revolucionarias del Cono Sur deben coordinar su trabajo para alzar a la lucha a ese gigante que es el proletariado de nuestros países. Y creemos que este proletariado no podrá triunfar si no alza a su vez a la lucha a las masas campesinas e indígenas del corazón de América Latina. A esas masas a las que pretendió incorporar a la revolución el Che Guevara. En el empalme de esas dos fuerzas -el proletariado de los grandes centros urbanos latinoamericanos y el campesinado capaz de convertir a la Cordillera de los Andes en una Sierra Maestra y a toda América Latina en un Vietnam revolucionario- y en su conjunción con el movimiento estudiantil reside la clave de la futura revolución victoriosa en América Latina. Así como Moreno y Castelli, con visión genial, comprendieron en 1810 que la revolución triunfante en Buenos Aires requería combinarse con la revolución triunfante en el Norte, hoy no puede haber revolución en los grandes centros urbanos del Cono Sur sin lucha revolucionaria en el resto de América. Con esta concepción buscamos integrar en un gran oleaje revolucionario y libertador las luchas del minero boliviano o chileno, del obrero argentino y del guerrillero latinoamericano. La muerte del Che no ha sido vana. Por dolorosa que ella sea, no ha sido inútil. Su ejemplo mil veces glorioso marcó un camino. El ilumina con nuevos resplandores la senda oscurecida por años de oportunismo de millares de revolucionarios y luchadores latinoamericanos y de todas partes del mundo.

Autor: 
Rosendo Irusta