El alerta ambiental de Francisco

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Fecha: 
05/08/2016 - 19:05

En mayo del pasado año fue anunciada la Encíclica Laudato si (“alabado seas”). La anterior estaba bastante avanzada antes de la renuncia de Benedicto XVI. Por lo tanto ésta puede considerarse como la primera, enteramente representativa, del papado de Francisco. La misma trata “sobre el cuidado de la Casa común”.

 

La Encíclica constituye un documento ineludible en la denuncia del grave estado de la situación ambiental. Y, en consecuencia, de los peligros que se ciernen sobre el futuro de nuestro planeta Tierra. Compartimos plenamente la apreciación sobre la seriedad del momento. El que se ve continuadamente agravado por una serie de  acciones que son descriptas en la Encíclica. Es para destacar que el texto rechaza el análisis unilateral, limitado al sólo inventario de la cuestión ambiental aislada. Por el contrario desnuda sin ambigüedades todas las concatenaciones sociales, políticas, morales y filosóficas de esta temática.

Francisco nos propone un primer subtítulo “Nada de este mundo nos resulta indiferente”. Pareciera una referencia a la sentencia de Terencio que tan cara es para los marxistas: “nada de lo humano me es ajeno”. Marx la consideraba su máxima preferida y vivió y actuó toda su vida haciéndole honor a ella.

Esta coincidencia, probablemente no casual, lleva a plantear esta reflexión: cristianos y marxistas nos encontramos en el Humanismo. Dos multitudinarias corrientes filosóficas (por llamarlas de algún modo), con visiones diferentes sobre un amplio arco de cuestiones y con una larga historia de desencuentros, ambas buscando sus caminos hacia la plena felicidad del Hombre.

Segunda reflexión: tenemos poca gimnasia en eso de leer los documentos eclesiales. De allí algunas positivas sorpresas. Sobrevuela el escrito una revitalización del compromiso con los excluidos. El propio lenguaje está positivamente invadido por expresiones de quien ha conocido la miseria, las villas, los atropellos, sufridos por su feligresía. A Bergoglio no se la tienen que contar. Un Papa latinoamericano… ¿qué estará sucediendo en la Iglesia?

La Encíclica Laudato si es un llamado apasionado que transmite dramaticidad. Que, desde ya, consideramos absolutamente justificada. Miremos hacia donde miremos encontraremos agravios concretos contra nuestra madre Tierra. Este es un concepto presente en casi todas las culturas. La Pachamama de nuestros originarios del Noroeste. En El Capital, Marx hace suya la frase de un economista del siglo XVII: “el trabajo es el padre de la riqueza y la tierra su madre”.

La Encíclica es a la vez un documento teológico y político. Bastante extenso, explicita en largos párrafos la amplia diversidad de sus destinatarios. Nos incluye a los no creyentes como parte del contingente que hay que unir para enfrentar el peligro. Por lo tanto, a este tratamiento respetuoso debemos responder con respeto. Con esta premisa encaramos el presente análisis crítico de la Encíclica Laudato si.   

 

1.- Un puñado de mercaderes amenaza a la Humanidad 

La Encíclica incrimina a un culpable abstracto, global. Los Hombres seríamos, en última instancia, nuestros propios e inconcientes enemigos. Esta imprecisión tiñe el documento. Y entra en contradicción con la propia denuncia social en él contenida.

En nuestra opinión existen demasiadas evidencias que conducen al núcleo duro de los grandes contaminadores. ¿Quiénes son esos “mayoristas” en eso de depredar?

  •  Primeros entre pares los hacedores de guerras (desde ya de las injustas). Puestos a hacer la guerra impera el “todo vale”. La destrucción en vidas y bienes (urbanos y rurales) es un objetivo en si mismo. Las potencias trasladan la guerra a territorios de terceros con total desaprensión sobre las consecuencias que esta implique. Los complejos “militar industrial” investigan y producen a tambor batiente sin que los afecten las crisis económicas globales. Nadie gasta fortunas en las llamadas tecnologías QBR (química, biológica, radioactiva) si no tiene la intención de utilizarlas. Y efectivamente todas ellas fueron, en algún momento u otro, empleadas. Vale recordar, entre otros, el Ziklon B de Auschwitz (IG Farben); Hiroshima y Nagasaki; el Napalm (Dow), agente naranja y demás exfoliantes en distintos conflictos. Las grandes potencias se cansaron de realizar pruebas nucleares de todo tipo (en el aire, el mar o bajo tierra) y mantienen en sus arsenales aproximadamente 5.000 artefactos estratégicos y 2.500 “tácticos”. Impulsan para consumo propio, y el de un coro funcional a ellos, la política de la no proliferación nuclear. O sea que toda la problemática pasaría porque ningún otro país se sume al “club de los 5”.  Hacen ruido con invocaciones a la responsabilidad, pero ni que hablar de la eliminación de semejantes arsenales. No se privan de nada. Cuando “visitan” zonas de conflicto movilizan ojivas tácticas. No sea que sean “necesarios”. Y por supuesto no faltan los accidentes. El incidente de Palomares (1966), cuando un B52 yanqui siniestrado dejó caer 4 bombas atómicas en España. O el hundimiento del submarino nuclear ruso en el Ártico (2000): aunque negado por las autoridades, siempre quedó la duda de si transportaba o no bombas nucleares. La inevitable extensión de estas líneas surge de la relación inmediata entre guerra y ambiente. Además, ¿cómo descartar que, algún día, los cuantiosos arsenales atómicos no cobren vida y los misiles inicien sus vuelos de muerte?  ¿Qué quedaría en pié de todo aquello que conocemos? Una razón mayor que hace acuciante no desoír la convocatoria de Francisco.
  • El comercio internacional de armas, en mano de los complejos “militar industrial” de las principales potencias imperialistas no deja de prosperar. El mundo está recorrido por guerras regionales que destruyen vidas y naturaleza. El primer exportador, los EEUU. Le pisa los talones Rusia. Un poco más atrás,  China,  que a la vez que exporta y es un activo comprador de armas sofisticadas. La lista sigue con Alemania, Gran Bretaña y Francia.  
  • El negocio petrolero. El petróleo es una encrucijada de situaciones, todas las cuales implican deterioro del medio ambiente. Por un lado, las guerras locales siguen al petróleo como la sombra al cuerpo. En los combates se vuelan refinerías y oleoductos como si nada. Aún en la condición operativa normal, constituye una actividad de alto riesgo ambiental. Derrames de crudo en mares (la explosión de la plataforma de British Petroleum (2010, golfo de Méjico) y ríos (YPF sobre el río Colorado). Y tantos otros. En el yacimiento se envía el gas a distribución, o se lo ventea de acuerdo a disponibilidad o conveniencia. A los efectos de las llamadas recuperaciones secundaria y terciaria, se inyectan a napa ingentes volúmenes de agua saturada de complejos productos químicos que pasan a ser componentes omnipresentes de los acuíferos. Y aún nos falta mencionar el fracking. Que constituye una injuria mayor en las profundidades del planeta. Sin precedentes en toda la historia de la actividad humana. Ninguna de estas acciones está encarada desde una óptica benemérita, sino determinada por el objetivo de maximizar el poder político y económico de sus beneficiarios.
  • Petróleo II. Nadie discute la inmediata relación entre el hiperconsumo energético y el calentamiento global. Tampoco caben dudas sobre el poder del lobby petrolero. Su alianza con los fabricantes de automóviles se explica por la colusión de intereses. En nuestro país ambos jugaron un papel determinante en la destrucción de los ferrocarriles. Más autos, más nafta, más emisión de gases. Algún conformista se consolaba con un inminente agotamiento de las reservas petroleras mundiales. Pero se equivocó. La perseverancia (y los medios) de nuestros petroleros es inagotable. Se asociaron a los bancos y desarrollaron la prospección en el mar, el aprovechamiento de las arenas bituminosas y el mencionado fracking. Hoy día se supone que hay reservas para 50 años más. Por lo tanto no es válida la idea de sentarse y esperar.
  •  La gran minería. Es una de las actividades más desaprensivas (criminalmente desaprensivas) de la Tierra. Como a la mina se le adjudica una limitada vida útil, se encara la explotación suponiendo que cuando se evidencien los problemas la empresa ya se habrá marchado. En Bajo La Alumbrera, la explotación ya arrasó con el pico de la montaña y esta dejando un inmenso cráter. El mineraloducto que lleva la piedra hacia Tucumán ha tenido frecuentes roturas, dejando su tendal en daños en la fauna y flora circundantes. Rigurosas denuncias de institutos universitarios han sido cajoneados. La mina Veladero, en San Juan, está destruyendo el ecosistema del río Jachal. Periódicamente, la Barrick pasa al contraataque sosteniendo ser víctima de campañas de difamación. La “extraterritorial” Pascua Lama (nuevamente Barrick) “rodeada” por Argentina y Chile en la alta montaña, es un ariete contaminante en plena zona de los hielos eternos. En Esquel y Famatina, la movilización popular logró frenar proyectos altamente contaminantes. El escándalo de la mina Tía María, en Perú, es férreamente resistido por las poblaciones de su área de influencia. La represión fue la única respuesta recibida. Se esconden o falsifican los estudios de impacto ambiental. Para cuando la mina se agotó la minera desaparece dejando inmensos lagos (diques de cola) cianurados. Que nadie remediará. Como diría Atahualpa Yupanqui : “las penas son de nosotros, las vaquitas de Anchorena”.
  • Las centrales nucleares reconocen un historial de incidentes (eufemismo bastante habitual en el almibarado lenguaje cortesano) y accidentes. Mencionemos tan sólo estos tres, cada uno de ellos originado en disímiles causas:  Three Mile Island (1970, EEUU), donde fallaron en cadena todos los controles de seguridad y se fusionó el núcleo del reactor. En Chernobil (1986, ex URSS), durante un simulacro rutinario, voló la central atómica. La radiación liberada fue 500 veces mayor que la de Hiroshima. El tsunami de 2011 provocó el colapso de Fukushima. Todo lo que podía salir mal, salió mal. Los daños ambientales en tierra, agua y aire persistirán por mucho tiempo.
  • Distintas industrias. En el automotor, el escándalo de Volkswagen. Una maliciosa conspiración para eludir regulaciones ambientales. Si sabían que estaban fuera de norma, ¿por qué no lo enmendaron? Simplemente porque les era más rentable mentir. Les salió mal, pero quizá les valió la pena por todas las veces que hicieron lo mismo y quedaron impunes. ¿Alguna duda de que el fraude no sea una práctica rutinaria en la política de las grandes corporaciones? Monsanto idea eventos genéticos para hacerse irreemplazable a la hora de cultivar granos y oleaginosas. Utiliza la ciencia para encarecer la producción de alimentos. No para el beneficio común. Y en ese camino ¿cuántos atentados contra el ambiente, al estilo del de VW, habrá cometido? Los grandes laboratorios farmacéuticos testean sus desarrollos en África. Si las pruebas resultan positivas, nuevos medicamentos se incorporarán al vademecum. Los fracasos (medibles en muertes y mutilaciones) se esconderán bajo la alfombra.
  • El mundo es inelástico. Las principales potencias y sus corporaciones posan su   mirada sobre aquellos espacios que consideran inexplotados. Los incendios forestales en la Amazonia, y el avance sobre los glaciares, son aspectos de esta política. Y a no bajar la guardia, porque crece la presión para incorporar el Ártico y la Antártida a la exploración y explotación de lo que allí se encuentre.
  • Quizá hayan disminuido las matanzas de animales económicamente apetecibles (ballenas, focas, elefantes). Lo que no quita que, por vías directas e indirectas, numerosas especies se encuentren en peligro de extinción. La sobrepesca en aguas de otros es un desgraciado ejemplo de esto.

 

2.- Lo ambiental y lo social. Dos conflictos, un culpable, una misma batalla

Casi todas estas situaciones están implícitas en la Encíclica. Incluso algunas en forma más que clara. El documento es ásperamente crítico con el capitalismo salvaje. Excesos indeseables en un sistema al que se pretende enderezar para así protegerlo de sí mismo.

En la Encíclica Laudato si se sostiene, con convicción, que no existen dos problemáticas estancas, aisladas. Que la ambiental y la social se encuentran interpenetradas. Y demandan acciones, simultáneamente, en ambos frentes. Enfoque decididamente correcto. De ser esto así, surge naturalmente la conclusión de que no es el género humano en su conjunto el responsable de tanto estropicio. Frente al daño ambiental y al cambio climático somos mayoría los victimados inocentes, y representa una selecta minoría el bando de los dañinos.

En los largos párrafos precedentes hemos aludido a unos cuantos nombres propios de sectores y empresas que, cada cual a su manera, avasallan simultáneamente al ambiente y a los pueblos. ¿Su común denominador? Nuestros conocidos, los monopolios, que operan a escala global y bajo la protección de su bandera (con todas las implicancias que esto significa). Estos monopolios son el poder real en sus respectivos países. Y son la expresión más elevada y a la vez más descarnada del capitalismo de nuestros días. En julio del presente año se cumplen 100 años de la publicación de El Imperialismo, fase superior del capitalismo. Una de las obras fundamentales de Lenin. Y un instrumento actualísimo para comprender nuestro presente.

Son ya lejanos los comienzos libertarios de las revoluciones burguesas en Inglaterra y Francia. Hace rato que el capitalismo agotó su lozanía y su condición de motor progresista del desarrollo humano. En las últimas décadas del siglo XIX iban adquiriendo volumen los monopolios y trust que explicarían la fase imperialista del capitalismo. El libre mercado hace ya mucho que entró al arcón de los recuerdos. La competencia perfecta devino en slogan. Porque toda la actividad económica está interceptada y determinada por el accionar de los monopolios. La casi totalidad de los hombres y mujeres del planeta quedamos atrapados en sus políticas. Son sus víctimas los excluidos (los de la miseria absoluta, los que subsisten por la caza y la pesca, los desplazados por las hambrunas y las guerras). Y aún también la mayoría de los “incluidos”. Un amplio arco de la sociedad -los trabajadores, las capas medias de la ciudad y del campo e incluso sectores del empresariado no monopolista- soporta (desde ya que con grandes diferencias de calidad) la tiranía de los poderosos. Pueblos y naciones son sujetos de su discrecionalidad.

La Encíclica Laudato si no escatima denuncias respecto de las políticas de las potencias y sus monopolios. El siguiente párrafo marca a fuego algunas de sus prácticas más usuales: “Constatamos que con frecuencia las empresas que obran así son multinacionales, que hacen aquí lo que no se les permite en países desarrollados o del llamado primer mundo. Generalmente, al cesar sus actividades y al retirarse, dejan grandes pasivos humanos y ambientales, como la desocupación, pueblos sin vida, agotamiento de algunas reservas naturales, deforestación, empobrecimiento de la agricultura y ganadería local, cráteres, cerros triturados, ríos contaminados y algunas pocas obras sociales que ya no se pueden sostener”. (parágrafo 51)

Con los monopolios todo conduce a la siguiente pregunta: “¿qué es lo que más me conviene?” Viven la presión internacional por erradicar las causas del calentamiento global como una incomodidad. A la que habrá que encontrarle la vuelta. Por decisión del demócrata Clinton, el mayor emisor de gases invernadero, los EEUU, no ratificó el protocolo de Kioto. La hipocresía llega al extremo de legitimar los mecanismos de “pago por contaminar”. ¿Qué si no significa el mercado de compraventa de los bonos de carbono? La tradición cristiana recuerda con dolor el negocio de las indulgencias. Los pudientes limpiaban sus pecados con dineros contantes y sonantes. Sobrevino el cisma del siglo XVI. Y la Iglesia prohibió dicho mercadeo. 500 años más tarde los contaminadores seriales redescubren la idea. “¿En qué ventanilla pago la multa porque mañana me llevo puesto un bosque?”  No es que el siguiente ejemplo tenga, ni remotamente, una envergadura semejante pero es bueno para apreciar la alineación con la que convivimos. Por resolución municipal en la Ciudad de Buenos Aires (Ley N° 1540/ CABA) los boliches están obligados a exhibir en la entrada un cartel con esta leyenda: “los niveles sonoros en este lugar pueden provocarle lesiones permanentes en el oído”. Tremendo. Por todos lados el mismo criterio. Nadie prohíbe los dislates. Solo se los administra.

Son para destacar los siguientes párrafos de la Encíclica:

“Ladeuda externa de los países pobres se ha convertido en un instrumento de control…” (parágrafo 52)

“La tierra de los pobres del Sur es rica y poco contaminada, pero el acceso a la propiedad de los bienes y recursos para satisfacer sus necesidades vitales les está vedado por un sistema de relaciones comerciales y de propiedad estructuralmente perverso”. (parágrafo 52)

“Pero el poder conectado con las finanzas es el que más se resiste a este esfuerzo, y los diseños políticos no suelen tener amplitud de miras”.(parágrafo 57)

“Dios niega toda pretensión de propiedad absoluta…”. (parágrafo 67)

“La visión que consolida la arbitrariedad del más fuerte ha propiciado inmensas desigualdades, injusticias y violencia para la mayoría de la humanidad, porque los recursos pasan a ser del primero que llega o del que tiene más poder: el ganador se lleva todo”. (parágrafo 82)

“El principio de la subordinación de la propiedad privada al destino universal de los bienes y, por tanto, el derecho universal a su uso es una «regla de oro » del comportamiento social y el « primer principio de todo el ordenamiento ético-social».  La tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o intocable el derecho a la propiedad privada.”.  (parágrafo 93)

 

3.- ¿Serán exageradas las cataclísmicas profecías?

¿De qué se está hablando? En una corta síntesis, tenemos entre manos dos tipos de problemas diferentes. El primero de ellos: una sobreexigencia al planeta Tierra. De tal forma que lo que se le extrae o corrompe por unidad de tiempo (digamos un año) no llega a regenerarse o remediarse en el mismo período. La tierra, por ejemplo, no alcanzaría a recuperarse. El calentamiento global es el otro aspecto. Ambas cuestiones absolutamente relacionadas. Tanto en sus causas como en sus causantes.

Los marxistas nunca fuimos indiferente a la relación del hombre con la naturaleza. Marx en El Capital y los Grundisse y conjuntamente con Engels en La Ideología Alemana analizan concienzudamente dicha cuestión. Las revoluciones triunfantes en Rusia y China emprendieron gigantescas obras de infraestructura, modificatorias del entorno natural. Era (y es) una ingenuidad creerlas a salvo de consecuencias indeseadas. Para decidir la razonabilidad de dichos proyectos se partía de la idea de no resolver un problema dejando tras de si otros peores. Y, cuando de todas formas estos se presentan, trabajar a fondo para minimizarlos. Las represas del Dnieper (1927-1932) y Sanmexia sobre el río Amarillo (1960) fueron ejemplos de esta línea. Generar energía y prevenir catastróficas inundaciones… ¡Buenas decisiones para países en plena transformación revolucionaria!

El concepto de ambientalismo es histórico y concreto. Respetar la naturaleza es responsabilidad de todos. Pero es hipocresía simple y llana aplicarnos a justos y pecadores la misma vara. Haití contamina con 0,2 TM/hab/año de emisión CO2.  los EEUU con 17 TM/hab/año. O sea 85 veces más por cada uno de sus habitantes. Si consideramos las poblaciones totales de uno y otro (Haití 10 millones, EEUU 320 millones) veremos que la contaminación total de EEUU es 2.720 veces mayor que la de Haití. ¿Se les pueden aplicar acaso las mismas reglas del juego ambientales a uno y a otro? Hay regiones atrasadas y pobres de nuestro planeta donde está todo por hacer. Urge unirnos y defender nuestras soberanías. Y decidir con independencia nuestros caminos. Porque los imperialismos, también en este aspecto, nos tienen reservado un papel. El “desarrollo” que nos ofrecen es la radicación de las industrias más contaminantes o los basureros nucleares tipo Gastre.

 

4.- La relación con el ambiente no siempre fue igual.

Durante milenios el conflicto ambiental estuvo soterrado. La naturaleza tenía infinitamente más capacidad de perjudicar al Hombre que a la inversa. A fines del siglo XIX y comienzos del XX existían aún diversas fronteras por alcanzar. Amplios territorios del planeta eran aún inexplorados. Podía pensarse en la siguiente hipótesis de trabajo: “arraso este bosque, me encojo de hombros y paso al siguiente”. En la actualidad las cosas pintan muy diferentes. Nuestro inelástico mundo está básicamente ocupado en su totalidad. Y, a partir de la reconstrucción del mercado único capitalista, totalmente repartido.

El omnipresente capitalismo corrompe la categoría de necesidad para instalar el consumo más allá de toda necesidad genuina como un Dios al que consagrarnos. Detengámonos en esa idea matriz de los comunistas: darle a cada cual lo que necesita. Que no es lo mismo que otorgarle todo lo que pueda querer. Probablemente, 10.000 años después de triunfada la revolución (al decir de Mao) lo que el hombre necesite o quiera sea sustancialmente similar. Pero ello no es así en la sociedad actual. La verdadera libertad de querer está restringida a una ínfima minoría. La fiebre consumista es un virus inoculado a amplias capas de la población y orientado a mantener recalentada la circulación mercantil.

La inmensa mayoría de los bienes que consumimos no son otra cosa que naturaleza transformada por el trabajo. Por lo tanto todo consumo impacta en la naturaleza.

Se ha derramado mucha tinta en relación con la cuestión ambiental. Están quienes hablan de huella ecológica y sostienen que cada uno de los habitantes del planeta requiere lo producido por 3 Ha. de tierra apta. Pero que la disponibilidad cierta es de tan solo 2,1 Ha. Se trataría por supuesto de un promedio. Siendo que son legiones quienes no logran satisfacer sus necesidades más básicas, ¿a cuántas Has. ascenderá el obsceno gasto de los rastacueros? Otro concepto a considerar es que en la actualidad al planeta le lleva 1,6 años recuperarse del “gasto” producido en 12 meses. Así sería el estado actual del que nos habla la Encíclica. Diferentes previsiones hablan de un incremento de la población mundial en unos 1.000 millones hacia 2030. Y de un PBI mundial superior en un 15% para la misma fecha.

Nada nos obliga a aceptar sin más todas estas aseveraciones. Pero todo nos obliga a investigarlas sin dilación.

Son estos los temas que recorren la Encíclica Laudato si. Así como algunas palabras y neologismos (sustentabilidad,  rapidación y otras) a las que debemos hallarle sentido.

    

5.- Desarrollo y Progreso

De las cavernas a la actualidad hemos recorrido un largo y zigzagueante camino. No siempre hacia delante. Con momentos de oscuridad y tantos otros luminosos. Por un tiempo de la Humanidad construyó el socialismo. Salvado ese período, ni la naturaleza ni las tecnologías, derramaron sus dones sobre amplios sectores de la población mundial.

Los últimos 200 años nos hablan del crecimiento exponencial de la población mundial y de sucesivas revoluciones científico-técnicas que significaron descomunales avances en diversos campos del quehacer humano. A mejores perspectivas para el bien común más atronador es el contraste de todo lo que no se resolvió en beneficio de las mayorías. Más oportunidades, mayor generación de riqueza, creciente injusticia.

Según cuenta Caparrós (1) en su libro “El Hambre”, hasta hace 60 años la humanidad no generaba comida suficiente para alimentar a la totalidad de la población. En la actualidad  producimos como para dar de comer a 11.000 millones de almas. Somos apenas 7.500 millones, de los cuales 1.500 millones se mueren por hambrunas. ¿Puede haber algo más espantoso que esta pintura de maldad insolente?

Mientras tanto, como contracara, algunos tiran manteca al techo. Y muchos más pasamos a adorar el Becerro de Oro de todo aquello que, sistemáticamente, nos tratan de encajar. “Si no tenés el último modelo, entonces no existís”. Como efecto colateral, el descarte deviene en chatarra tecnológica de compleja disposición. El consumismo, que tan certeramente critica la Encíclica, no responde a una necesidad natural del hombre sino que es un recurso más del capitalismo, en eso de maximizar su lucro.  

Los términos desarrollo, crecimiento, progreso no son neutros. Tienen coloratura de acuerdo que se encuentren al servicio de minorías angurrientas o por el contrario del conjunto de la Humanidad. En verdad, el desarrollo y progreso que impulsan los monopolios son una excrecencia del Desarrollo, el Progreso. Así, con mayúscula. Una perversión antieconómica si la miramos desde el punto de vista del interés colectivo.

Las corporaciones son propietarias de miles de licencias que ocultan bajo 7 llaves. Sólo utilizan aquellas que les convienen. Es ilustrativa la vieja película “El hombre del traje blanco” (1951). En ella, un brillante ingeniero químico (interpretado por el actor Alec Ghinness) polimeriza una molécula con la que fabricar una tela indestructible (no se mancha, no se arruga, no se gasta). Las grandes hilanderías, primero por separado y luego en conjunto le ofrecen comprar la patente. El hombre, chocho. Hasta que descubre que lo en realidad buscan los monopolios es hacerse del “derecho” de destruirla. Incluso las Trade Unions se suman a la pelea por desaparecer el invento. Una simpática película que visibiliza una tragedia. 

A pesar de todo hay indicadores que demuestran que hemos progresado, y mucho, en aspectos trascendentes. Hacia principios del siglo XIX la expectativa de vida era de cerca de los 40 años. En la actualidad alcanza los 70. Mucho trabajo específico en esa dirección. Pero si desmenuzamos esos números se verá que coexisten zonas o países donde la expectativa sobrepasa los 80 años mientras en otros apenas bordea los 40. Su distribución es una radiografía del conflicto Norte-Sur. A no buscar la explicación por el lado de la biología.

¿Habrá algún campo más asimétrico que el de la salud? La Medicina es clasista y, al margen de la abnegación o desidia de los profesionales, está fracturada en tres niveles. La de alto standard suele resolver. La de “medio pelo” está direccionada al hiperconsumo de estudios y a la polifarmacia. La de los excluidos es la medicina de la precariedad, crónicamente desinvertida. Cuando puede curar, cura. Cuando no, mata.

Por lo antedicho y frente al drama de la contaminación y el cambio climático se nos plantean dos alternativas: paliar sus efectos o actuar sobre las causas. Pecando de simplismo (y por lo tanto con un buen margen de error) pudiéramos preguntarnos: ¿ir contra el progreso o enfrentar al capitalismo?

No estamos en contra de “ralentizar” la carrera hacia el precipicio. Es necesario y urgente combatir muchos de los hábitos que nos inculca la intoxicación publicitaria. Pero nada de eso será suficiente sin atacar la hidra de los monopolios. Hay que despertar las reservas éticas y solidarias de la humanidad. Pero ellas se encuentran en los pueblos. No en los Directorios de las corporaciones o en los Ministerios de la mayoría de los países.

¿Ir para atrás? Muy difícil. ¿Renunciar a la electricidad? Inviable, pero además incorrecto. ¿Exhortar a nuestros científicos y tecnólogos a ir más despacio? Como si alguno de ellos fuera un investigador independiente, por fuera de los grandes equipos y laboratorios. Y no sólo aquellos que trabajan en el sector privado. Los centros de investigación de las principales universidades del mundo dependen de los subsidios de hipermillonarios mecenas. Que por supuesto definen que investigar y que no. (2)

 

6.- El agua

Tenemos agua en cantidades inconmensurables. Ocurre todo lo contrario cuando nos referimos a su disponibilidad concreta y/o su calidad. Esta última tiene especificidades muy estrechas, de acuerdo al destinatario o al uso de que se trate. Cada especie animal y vegetal requiere de características determinadas. Lo mismo ocurre industria por industria. No hay actividad humana que pueda prescindir del agua. Y, desde ya, sin ella no hay vida.

La desaprensión con la que se viene maltratando al agua es un rasgo de nuestro tiempo. El ciclo del agua supone un sistema cerrado sin grandes pérdidas. Pero desde el punto de vista del agua apta, ésta es un recurso no renovable. Lo que se pierde en calidad cuesta ingentes esfuerzos en recuperar.

Inundaciones y sequías, como dos caras de la misma moneda, nos hablan de obras encaradas sin la previsión del impacto ambiental.

Es un lugar común señalar que las guerras del siglo XXI van a tener relación con el agua. O como indica la Encíclica “es previsible que el control del agua por parte de grandes empresas mundiales se convierta en una de las principales fuentes de conflictos de este siglo”. (parágrafo 31)

Muchas fuentes de agua son propiedad de particulares y no de uso colectivo. Cuadra a esa situación esta hermosa décima: “El agua la manda el cielo, la tierra la puso dios. Viene el amo y me la quita,¡la p...ita que se partió!” (Nicomedes Santa Cruz, Cantares Campesinos). Algo similar ocurre cuando se resuelven problemas acá, desentendiéndose de los que se agravan acullá.

Cuando se trata del consumo humano al agua apta se la denomina potable. Las condiciones de potabilidad incluyen simultáneamente el cumplimiento de parámetros físicos, químicos y bacteriológicos. El compendio mayor en la materia son los 5 tomos de las “Guías sobre la calidad del agua” que periódicamente actualiza la OMS. En ellas se fijan normas de cumplimiento riguroso… Salvo que no se puedan alcanzar. En tales casos, indican, tratar por lo menos que el agua no contenga bichos que te maten en las siguientes 24 horas. Con mínima exageración de nuestra parte esta es la cínica admisión de impotencia que la propia OMS se plantea para buena parte de la población mundial. El no poder no significa que no existan las tecnologías de purificación adecuadas. Lo que no están disponibles son los fondos cuando se trata de la problemática de los miserables.

 

7.- Concentrar acciones en defensa propia

La más insignificante de las defensas de nuestro ambiente es buena. La menos relevante de las contaminaciones es censurable. Honrar al ambiente es un buen punto de partida. Ponerlo en riesgo, pone en duda el presente y es una hipoteca insostenible hacia delante. Pero no va a ser por la suma de pequeñas acciones individuales como emparejaremos las cargas, que pintan muy asimétricas. En un rincón, la presión ambientalista, con su prédica y su práctica. Por el otro, los poderosos, que no descansan y dañan al paso. Nuestra percepción es que, por lo menos hasta ahora, nos van ganando por goleada.

En relación con la crisis social y la miseria, la caridad es aceptable. Pero, la mayor de las generosidades, la suma de todas ellas, no alcanza. En “Refugio Nocturno” (3) (uno de sus poemas tempranos) Brecht nos da su opinión sobre esta sensible discusión. Cuenta que en los meses de invierno un hombre (un buen hombre) logra albergar y darle comida a un grupo de desahuciados. Entonces reflexiona: claro que por este medio no se resuelven los problemas de fondo, pero por una noche ese puñado de desgraciados tienen techo y comida. Insiste nuevamente, así no se terminan las injusticias pero comen y están a cubierto de la nieve. Para que no quepan dudas de cuál es su posición,  el último párrafo cierra con la sentencia “Pero con eso no cambia el mundo, no mejoran con eso las relaciones entre los seres humanos, no es ésa la forma de acortar la era de la explotación”.    

La Encíclica constituye una lacerante arenga. Una exhortación dirigida a los mansos y a los otros. Vale el intento. La pregunta a hacernos es cómo seguir si los verdaderos culpables se desentienden del mensaje. O, peor aún, si simulan contrición mientras continúan alegremente contaminándonos. Si no será urgente ir pensando en un Plan B.

Se llevan realizadas ya numerosas Conferencias de las Naciones Unidas sobre el medio ambiente y Convenciones marco sobre el cambio climático. Un pasito adelante, dos al costado, uno atrás. Grandes discursos y rasgados de vestiduras. Como dice el refrán “en la letra chica se esconde el Diablo”. Mientras tanto, los lobbies de los grandes depredadores, las principales potencias económicas y sus monopolios, trabajan para desvincularlos de su primerísima responsabilidad.

En la propia Encíclica prima la preocupación. No el optimismo ingenuo. Enmendándole la plana a Borges, podríamos afirmar que los monopolios no son para nada buenos. Son decididamente malos. Y, por supuesto, incorregibles.  

 

8.- Armonía y contradicción

Tanto en la naturaleza como en la sociedad se manifiesta un portentoso movimiento de las cosas. Nada está estático, nada está seguro. Todo ecosistema supone conflictos y comprende un amplio conjunto de relaciones en lucha. La dialéctica las denomina contradicciones. No todas las contradicciones terminan en balaceras. Las no antagónicas se resuelven pacíficamente, mientras que las antagónicas precipitan crisis. Para la gacela devorada por el leopardo, la sabana africana es toda una desgracia. Pero tanto presa como cazador comparten ese territorio desde épocas inmemoriales. Quizá sean los pastos para el herbívoro. Sin lugar a dudas, es la carne para el predador. Seguramente esta y otras relaciones han ido modificando el hábitat.

La relación del hombre con la naturaleza también es un conflicto. Con las tecnologías disponibles en cada época el hombre trabajo para poner la naturaleza a su servicio y en un grado u otro la transformó. ¿Qué sino es arar la tierra, embalsar el agua, levantar ciudades? Durante milenios todo transcurrió bajo las condiciones de una convivencia aceptablemente pacífica. ¿Armonía? No es el vocablo más riguroso pero aceptémoslo a título de imagen. Ninguna de las formaciones económico sociales precedentes ni sus sectores dominantes tuvieron el poder de fuego como para ponernos en el actual riesgo tanto al Planeta como a sus habitantes. Pero actualmente si.

¿Enfrentar la crisis ambiental significa dejar de interactuar con la naturaleza? ¿Dejar de arar, de embalsar agua, de levantar ciudades? No pareciera ser una alternativa viable. Y de todos modos algo hay que hacer. La única propuesta que resuelve este dilema: ¡aislar a los recalcitrantes e impedirles a como sea continuar con su daño!

 

9.- El diálogo

En primera persona Francisco afirma “No ignoro que, en el campo de la política y del pensamiento, algunos rechazan con fuerza la idea de un Creador, o la consideran irrelevante, hasta el punto de relegar al ámbito de lo irracional la riqueza que las religiones pueden ofrecer para una ecología integral y para un desarrollo pleno de la humanidad.”… “Sin embargo, la ciencia y la religión, que aportan diferentes aproximaciones a la realidad, pueden entrar en un diálogo intenso y productivo para ambas”. (parágrafo 62)

Qué duda cabe. Ante preocupaciones comunes ¿cómo no dialogar?

En un párrafo donde destaca el papel de la fe como  motivador social agrega: “esta encíclica se abre a un diálogo con todos, para buscar juntos caminos de liberación” (parágrafo 64)

Y tenemos también esta contundente afirmación: “el  actual sistema mundial es insostenible”  (parágrafo 61)

En la historia de la relación entre cristianos y marxistas ha habido de todo. Pero predominó el desencuentro. Sobre un conjunto de cuestiones tenemos visiones diferentes. En algunas de ellas incluso contrapuestas.

El actual papado es un hito que debemos considerar muy atentamente. Esta Encíclica es, en definitiva, una proclama política descriptiva del mundo actual que, en trazos generales, compartimos. Francisco se va transformando en un vocero de la crítica a los excesos del capitalismo.  Su voz es potente y tiene eco en grandes sectores. Nosotros entendemos que tales excesos, que su salvajismo, es ínsito al capitalismo. Esta diferencia, ¿es insignificante? Por supuesto que no. ¿Impide unirnos para enfrentar dicho salvajismo? Rehusarnos a luchar en común sería una torpeza injustificable.

Cuando el Observatorio Social de la Universidad Católica Argentina habla del aumento de la pobreza, a la vez que nos condolemos ante esa lacerante realidad, se templan los ánimos para enfrentarla. 

Dialogar, unirnos ante los desafíos comunes. Son estas tareas a desplegar. Para ellas hacen falta dos. Cada cual tendrá que hacer su parte.

La merecida franqueza nos lleva a formular una queja. No es que compartamos todo el contenido de la Encíclica. Siendo como es un documento originado en una Institución a la que no pertenecemos ¿porqué debiéramos concordar en todo? Pero, en todo su desarrollo, encontramos una única frase decididamente desafortunada. En realidad inadmisible. Es aquella que menciona al comunismo en pié de igualdad con el nazismo. La consideramos una alusión ahistórica e injusta. Y un menosprecio innecesario.

 

10.- El Arca de Noé

Tal como vienen las cosas no descartemos el enojo de Dios. Seguramente no será ni hoy ni mañana. Pero, así como hubo ya un Diluvio, ¿alguien puede asegurarnos que no nos castigará con otro? En tales circunstancias deberíamos todos (creyentes y no creyentes, hombres y mujeres de a pié) concentrar nuestras energías para impedir que la Licitación para la fabricación del Arca la ganen los mismos monopolios que hoy nos están empujando al desastre. Ni que sean sus personeros los que suban a bordo en desmedro de quienes construyeron el Arca con sus propias manos.

 

Notas:

1.- No nos ha sido sencillo verificar estas cifras pero entendemos que a grandes rasgos se corresponden con la realidad.

2.- Ver el artículo “Los millonarios marcan territorio de la ciencia” (William J. Broad, suplemento New York Times de Clarín, 23/03/2014)

3.- www.lainsignia.org/2000/julio/cul_024.htm

firma: 
Sebastián Ramírez